Exabruptos

“Patria Querida: dame un presidente como Alan García”

Posted in 1 by Miguel Olivera on enero 9, 2010

Por Segundo Campos

En el párrafo final de nuestra última contribución (véase “La desagradable aritmética K” del día en que comenzó un verano que promete ser caliente) decíamos que “es evidente que, aunque continúen durmiendo en camas separadas y más allá de furtivos encuentros, se ha entreabierto otra puerta para comunicar las habitaciones de la Tesorería y del Banco Central…(¡aunque nadie le ha preguntado a este último si la creciente intimidad lo incomoda o no!)”. Pues bien, ¡¡¡ahora intentan entrar por la ventana y tomar la casa!!!

El patético sainete de estos días -provocado por la reticencia de las (¿actuales?) autoridades del BCRA a integrar el denominado Fondo del Bicentenario y el vacío de legitimidad derivado del intento temerario de “gobernar” a fuerza de decreto, desconociendo toda restricción legal – refuerzan la vigencia de varios de los señalamientos que efectuamos en dicha pieza. En pocas palabras, lo que allí planteábamos era que a través del recurso a la hoja de balance del Banco Central lo que el gobierno intentaba hacer era relajar su restricción presupuestaria de modo de liberar fondos para continuar adelante con una política fiscal no sostenible. Que se entienda bien: no había allí una mera defensa principista de la preservación de reservas internacionales ni de la independencia de la autoridad monetaria sino la irrestricta oposición a un modo desquiciado y completamente miope de hacer política económica. ¿Qué sino miopía puede ser el hecho de abrir un frente de incertidumbre económico/financiera en uno de los pocos ámbitos donde no la había? ¿Qué sino total extravío puede ser promover activamente la repetición de una crisis político/institucional potencialmente similar a la ocurrida en ocasión del conflicto con el sector agropecuario? ¿No era, acaso, que la constitución del mentado Fondo buscaba “recuperar la confianza de los mercados” y disipar un supuesto temor al default de la deuda para bajar el costo del financiamiento de la economía….?…¿Así piensan hacerlo? (sigue la lista de preguntas sin respuesta). No hay duda, como dice un experimentado y sabio profesor: ¡a estos tipos si les das una calesita; te la chocan!

Es increíble la atracción que el suicidio parece ejercer sobre determinadas personalidades. ¿Pasará lo mismo a nivel de las naciones? Hace alrededor de un año la economía mundial estaba al borde del colapso. No sin un monumental compromiso de recursos y con bastante pericia, se ha logrado superar el episodio crítico de mayor gravedad en ochenta años, de manera razonablemente decorosa. Por primera vez en mucho tiempo, las economías de la región arribaron al evento en condiciones macroeconómicas relativamente robustas y sus autoridades pudieron contar con ciertos grados de libertad como para desplegar algunas políticas contracíclicas. A la salida de la crisis, las condiciones del contexto internacional son, dadas las circunstancias, razonablemente favorables para economías caracterizadas por una dotación factorial como las nuestras. Así, aunque en un entorno todavía frágil, la mayoría de los países vecinos emergen del episodio con regímenes de política claramente fortalecidos.

Entretanto, nosotros nos las ingeniamos para seguir a las andadas: partimos en la fase baja del ciclo con una inflación piso del 15% anual, al no tener estadísticas confiables hemos transformado en “no observables” variables críticas para el manejo macroeconómico y la formación de expectativas y, hasta esta semana, la enorme incertidumbre reinante auguraba una reactivación jalonada exclusivamente por el gasto público y el consumo. (¡¡¡Salvo Venezuela, hasta un Perú gobernado por Alan García nos puede dar ahora lecciones de administración macroeconómica!!!).

¿Qué se puede esperar después de esta triste comedia? Hace dos semanas, frente a la decisión de manotear las reservas para constituir el Fondo del Bicentenario, dijimos que había que considerar dos clases de reacciones potenciales, la de los tenedores de títulos públicos en dólares y la de los ciudadanos acreedores en pesos del gobierno. Si los primeros parecían exhibir alguna euforia ante esa demostración descarnada y brutal de voluntad de pago, ahora parecen caber pocas dudas de que quienes entren a la reapertura del canje estarán dispuestos a desprenderse rápidamente de los nuevos papeles (¿y el objetivo de reducir el costo de financiamiento de largo plazo?…bien, gracias).

En lo que se refiere a los demandantes de dinero, como mínimo, cabe admitir que podrían empezar a reconsiderar una actitud inicialmente despreocupada. Es cierto, a los actuales términos de intercambio, la economía local todavía confronta un elevado exceso flujo de oferta de dólares y cuenta (¿?) con una cómoda posición de reservas internacionales. Pero la saga de estos días reinstala la preocupación potencial por el valor futuro del tipo de cambio. En tales condiciones, al menos una parte de los pesos que iban a dedicarse a la reactivación del consumo doméstico, podrían precautoriamente dirigirse a la redolarización de los portafolios privados. Por eso el episodio, aún cuando no desencadenase una crisis político/institucional mayúscula, tiene repercusiones impensadas para sus promotores (¿será así?): incrementa y no reduce las tasas de interés de largo plazo, reabre potencialmente la perspectiva de la incertidumbre cambiaria y, en consecuencia, conspira contra la ya de por sí frágil recuperación económica. Pero, sobre todas las cosas, condena a la economía (y a la sociedad) al infierno de un eterno presente, sin rumbo ni perspectiva de futuro.

Tal vez, si se lo piensa bien, haya en un cierto sentido una suerte de “astucia de la razón” subyacente en todo este triste episodio. Porque lo que pareciera venir a consagrar es la coherencia, en el plano de la política monetaria, con la completa ausencia de rumbo del conjunto de la estrategia (¿?) macroeconómica. Al menos desde inicios de 2006 la política económica se ha caracterizado por la destrucción de las pocas instituciones y “reglas del juego” sobrevivientes y las que trabajosamente habían comenzado a reconstruirse, bajo formas novedosas, en la etapa de transición que siguió al colapso del esquema de Convertibilidad; a tal punto que puede hablarse, ahora sí, de un “no régimen macroeconómico”. En estos pocos años, desde que la gestión económica es “manejada directamente por sus dueños”, se abandonó el compromiso con la disciplina fiscal, se destruyó el sistema estadístico nacional, se eliminó toda unidad cuenta para los contratos de largo plazo, se pulverizó el ya escuálido mercado de capitales y la política de precios e ingresos se transformó en una maraña de oscuros subsidios discrecionales. Sólo faltaba sumar a este esquema de ausencia completa de reglas económicas modernas a la política monetaria, que todavía –merced mucho más a la disposición de un importante stock de reservas internacionales que al diseño de una política monetaria consistente- operaba como el último ancla nominal remanente en el sistema. Puede decirse, entonces, que la tarea comienza a consumarse. Lógicamente, para que esté del todo completa es preciso transformar al Banco Central –una de las pocas organizaciones del Estado que respeta todavía cierta meritocracia y atesora una razonable expertise profesional- en un nuevo INDEC. Ese, y no otro, es el sentido último de los acontecimientos de esta semana.

De algún modo, los lamentables sucesos que nos ocupan vienen a cerrar una perfecta parábola practicada por la democracia argentina, recuperada hace poco más de un cuarto de siglo. En la década del ochenta, la pesada herencia representada por la carga de la deuda externa, un contexto sumamente adverso de términos de intercambio y la sistemática obstrucción de la principal oposición política provocaron que las aspiraciones de la sociedad (“con la democracia se come, se cura y se educa”) quedasen finalmente sepultadas en el marasmo de la hiperinflación. Ese fracaso fue determinante para que, a inicios de la década del noventa, se produjese un total repliegue de la “voluntad política”, arrinconada por la supuesta supremacía de los “saberes técnicos”. La colonización del gobierno popular por la “ratio económica” no deparó tampoco resultados precisamente encomiables: la “cirugía mayor sin anestesia” con que se implementó la terapia de shock del programa de reformas estructurales culminó en el colapso financiero, el desempleo de un cuarto de la población y en una mayúscula crisis política e institucional.

El rechazo social hacia el resultado de aquella experiencia parece haber conducido al actual gobierno al polo opuesto del péndulo: un total desprecio por los “saberes técnicos” (el reino de la “necesidad”) y el predominio irrestricto de la “voluntad política” (el reino de la “libertad”). Aunque pueda parecer curioso que  intenten deshacerse del último personaje dispuesto a prestarles algo de reputación, la decisión de expulsar a Redrado de la presidencia del Banco Central ratifica este punto de vista (by the way, este último, condenado irremisiblemente a hundirse con los K luego de tolerar la grosera manipulación de los índices de precios y de “mirar para otro lado” ante la reaparición del fenómeno de la inflación persistente, encuentra ahora un insólito “puente de planta” para huir de la embarcación  embanderado en la defensa de una autoridad  monetaria independiente). Ya sabemos de sobra a dónde conduce el intento de saltar al vacío presuponiendo que “la ley de gravedad de no existe”. O que es pura ideología.

¿Será demasiado ambicioso reclamar que cuando esta experiencia fracase irremediablemente, la sociedad y sus líderes encaren una discusión seria y mesurada respecto de los roles relativos que les caben, respectivamente, en una democracia representativa a la “política” y a la “técnica”? ¿Qué los tecnócratas reconozcan que es un atributo esencial de la esfera política decidir cuáles son los ponderadores a utilizar en la valuación de las preferencias sociales pero que, a su vez, los liderazgos políticos entiendan que maximizan una función de utilidad siempre sujeta a una restricción de presupuesto y, consecuentemente, a elecciones dilemáticas inevitables? ¡¡¡Hasta Alan García parece haberlo comprendido!!!. Si así fuese, y posteriormente ello se tradujese en un régimen institucional que brinde incentivos adecuados para una solución razonable, aunque siempre cambiante, en ese vínculo complicado pero indispensable, tal vez habremos aprendido algo en doscientos años…

Entretanto, el espectáculo continúa. Como solía afirmar, enigmático, en sus últimos discursos el (¿saliente?) presidente del BCRA: “¡lo mejor está por venir!”. No cambie de canal.

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3 comentarios

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  1. El del 0.33% said, on enero 10, 2010 at 1:21 am

    No coincido en nada!

    Pero bueno, cosas que pasan.

  2. musgrave said, on enero 10, 2010 at 7:26 am

    Hay algo que yo no termino de entender, porque tomamos como verdad revelada que relajar la restricción presupuestaria es malo siempre?.

    Cual sería para SC el camino a seguir para obtener acceso a los mercados de capitales?

  3. […] analizado en contribuciones previas (véase “La desagradable aritmética K” del 21/12/09 y “Patria querida: dame un presidente como Alan García” de unas semanas después). En todo caso, la consumación del hecho, nos recuerda que la […]


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